Relatos de lo excepcionalmente cotidiano

¿Y si tuviéramos marcos de interpretación de la realidad distintos?

martes, 28 de junio de 2016

YO HE SIDO VIOLADA, NO PERDIDA.

Tengo 23 años, dos carreras, tres idiomas y en 4 meses un master por una de las universidades más prestigiosas de Inglaterra y con mayor reconocimiento en mi área. La inversión económica que mis padres han hecho en mí puede calificarse como alta, bastante elevada considerando que jamás he tenido una beca. Jamás.

Llevo trabajando desde los 16 años y el sueldo más elevado que he conseguido tener ha ascendido a cerca de 1.200 euros durante un miserable mes, y las condiciones físicas que aquel trabajo requirieron merecen otro artículo de opinión. Además trabajé para un periódico de reconocido prestigio por la increíble cantidad de 300 euros haciendo un trabajo para el que estaba sobrecualificada. Además tres años de experiencia en voluntariado, que queda precioso en el CV.

Vivo en Inglaterra porque no encontré nada razonable al acabar DOS carreras y hablar tres idiomas. Y me llaman generación perdida, emigrada, exiliada, fuga de cerebros. Yo me paso vuestros nombres por el forro! Yo soy un ser humano, yo tengo necesidades, necesidades tan básicas como el comer y el dormir. Y me niego a tener 30 años y seguir permitiendo que mis padres me paguen cada bocado que me meto en la boca, cada momento de ocio por el que me permito el lujo de pagar. Ya no hablo de las facturas de agua, luz, internet que genero. Mis alquileres, mis libros, todo pagado por una familia. Familia obrera, familia asentada en San Blas, barrio humilde, trabajador. Familia sin la cual yo sería miserable a día de hoy.

Yo no estoy perdida, yo no vivo en un pueblo del sur de Inglaterra porque encontré un vuelo barato y me vine y me encantan las fiestas. Yo no soy generación perdida. Yo tengo todos y cada uno de mis amigos con carreras. Somos ingenieros, profesores, enfermeros, médicos, químicos. Todos hablamos idiomas y el 50 por ciento estamos fuera de España. El 90 por ciento sin trabajo o en condiciones de precariedad.

A mí, MI PAÍS ME HA VIOLADO. Me ha violado el derecho al trabajo, a la educación pública y de calidad, accesible. Mi derecho al voto!! Mi derecho al ocio. Mi derecho a una sanidad pública de calidad. Pero es que hablo de derechos de primera generación, derechos civiles y políticos. Ya no menciono el derecho al desarrollo que pertenece a la mal llamada tercera generación. Hablo del derecho a una vivienda asequible, a un trabajo decente, a una vida digna. A mí mi país me ha violado. Mi país, o mejor, sus políticos, porque mi país es precioso, ME HA PERDIDO, ME HA EXILIADO, ME HA VIOLADO.

Yo quiero volver a mi tierra, quiero luchar por mi gente, mi raza, quiero no sentirme desamparada. Quiero ganar mi primer sueldo decente y acorde a mi cualificación e invitar a mis padres a todo lo que quieran. Quiero ver que haber estudiado desde los 6 años ha servido para algo. Quiero no ser una cara bonita en Instagram.

Soy parte de la generación mejor preparada de la historia de España y tengo miedo a que llegue noviembre y al llegar a casa no tenga un futuro esperanzador. Y me llaman perdida...
Si tu también has sido violado, difunde, comparte, indígnate!

‪#‎mareagranate ‪#‎generaciónperdida ‪#‎votorogado ‪#‎votorobado

sábado, 17 de octubre de 2015

El año de mi vida. Essex

Le perdí a él. Le perdí porque sí, porque cuando la madurez no alcanza no hay solución. Y eso que pensamos en ponerle remedio. Pero el orgullo decidió que era bueno aliarse la falta de sensatez. Y así seguí hundiéndome, en dos años de búsqueda de la nada. Nada era igual. Nada tenía el mismo sentido. Nadie tenía lo que él.

Pero debía seguir caminando. Sin saber que aún iba a perder un poco más, a otro gran hombre de mi vida. Y aún así no supe apartarme de su lado, al menos él sí estaba vivo. Tanto fue así que dos años más tarde, cuando el mayor esfuerzo que he hecho por nada nunca me mudó a mi nueva realidad, tuve que llamarle. Había conseguido salir de la apatía y me mudaba a otro país. Y lloraba por quién perdí hace dos años. Tenía miedo de que irme supusiera seguir perdiendo lo poco que me quedaba en España. Una falsa estabilidad.

Pero los aviones no esperan y aquí me hallo. Apartada de mi país y de mi pasado. Pero conmigo. Y he revivido. Soy la misma que era y más, soy lo que siempre quise ser. Estudiando y peleando lo que quiero. Consagro casi cada minuto de mi vida a los Derechos Humanos. Cada minuto a ser YO la que es feliz.

Vivo en lo que se ha convertido mi nuevo hogar, una residencia, una familia. Evidentemente los Herrera de la Hoz no se suplantan y me duelen a cada minuto, pero es un dolor necesario y soportable. Tengo nuevos amigos, nuevas relaciones. He tenido que descubrir nuevas formas de comunicarme, de acercarme, de ser cálida o fría. De entender los tiempos. He costado, ha sido divertido pero ha costado. No es momento para mentir. Tres semanas más tarde aún tengo que medir cuanto de mi carácter es bueno mostrar. Pero encuentro el apoyo que necesito. Y me llena.

Me comunico. Como puedo, como sé. Me doy contra la pared unas 500 veces al día porque me faltan las palabras y me sobran las ideas. Pero lo sigo intentando. Y cada vez es más fácil, más divertido. 20 años estudiando inglés y en tres semanas he aprendido todo lo que me dejé sin estudiar. Parece increíble el sobreesfuerzo que hace nuestro cerebro cuando nos es vital. El inglés es un muro, pero lo escalo a cada minuto y procuro divertirme con él. No sabéis la satisfacción que es ver crecer tus habilidades.

En mi lista de nuevas habilidades también está la de comer bien. Sobrevivo a Inglaterra y como toda la verdura que mami nunca consiguió hacerme comer. Aunque pagaría por traer a la abuela y que me cocinara cualquier cosa mientras charlo con ella. Pagaría una hipoteca porque Raquel desayunara otra vez en silencio conmigo cada mañana. Por las cañas barrieras con mis hombrecitos y darle calor a todas las cosas azucaradas que Salu conseguía que me comiera sin remordimientos. Ahora cojo la sartén y le doy la vuelta a la tortilla en el aire, y me rio sola y lo celebro cuando nadie me ve. Y mis macarrones saben a setas, verduras, no a tomate y salchichas. Y por supuesto domino el té y hablo con mis adorables escocés y turco de marcas de té. Y me río y me sonrío a cada nuevo pasito.

Me he hecho pequeña. Desde que estoy aquí juego a las cosas más tontas del mundo con mis vecinos mientras aprendo regionalismos y genero sentimientos. No he crecido, he decrecido para volver a empezar. Y soy un niño feliz y relajado que se emociona a cada instante. Me encantaría mandaros mi felicidad en sobres de té y que la saborearais. Por si fuera poco todo esto lo aderezo con unas vistas desde mi habitación que me pasman, una biblioteca que corta la respiración y un bosque alrededor de este micro mundo para correr y hacer todos los deportes del mundo. Porque obviamente me he apuntado a todo lo que he podido: atletismo, escalada, squash, hockey. Y Colchester es tan adorable que sólo pasear ya merece el esfuerzo de estos últimos meses. Prometo una gran biblioteca de fotos cuando recorra un par de ciudades más. Porque vivo a 40 minutos de Londres y a 20 minutos de otras ciudades que parecen igual de adorables. La semana que viene empiezo los viajes. Vivo en un paraíso, lluvioso y frío, pero mi paraíso. Y tengo una tarjeta de tren para empezar el viaje de mi vida y una cámara para no perder mi vena periodística.

Y finalmente el motivo de mi estancia aquí. Un LLM. Un máster de leyes. De legislación humanitaria y Derechos Humanos. Ley tras ley, convenio tras convenio, protocolo tras protocolo. Sorpresa tras sorpresa. Enfado tras enfado. Videos complicados de digerir, casos judiciales de una dureza y clarividencia brutales. Y camino encantada a cada clase. A sabiendas de lo que me cuesta entender y coger apuntes. Y no deseo otra cosa que el siguiente día, el siguiente reto, el siguiente coloquio, el siguiente artículo mal puesto en práctica. Me he quedado fuera de todos los concursos y proyectos porque mi inglés no está al nivel, pero sigo intentándolo. Tengo una energía que nunca me supe en mí. Y unas ganas de compromiso social, legal, humanitario que realmente pocos entienden. Aquí estamos los que queremos salvar el mundo. Pobres ignorantes muy pequeños adquiriendo unos conocimientos muy obvios y complejos. En un centro de Derechos Humanos calificado como uno de los mejores del mundo. No sabéis como se me cae la baba. Como disfruto, como me emociono, como leo y releo cada cosa, como pierdo dioptrías día tras día frente al ordenador.

La gente del máster igual saben unas 300 mil veces más que yo, igual tienen unos curriculums que yo no doy crédito teniendo solo dos o tres años más que yo. Venimos de todos los rincones del mundo y el choque cultural y el aprendizaje se multiplica de manera exponencial. A veces me abruma lo maravillosa que es la gente. Por fín estoy con gente que piensa y se dirige a lo mismo que yo. Y lo mejor, que saben como caminar y me ayudan, y nos guiamos, y nos aportamos y nos retroalimentamos a unos niveles que jamás había imaginado.

Mi única pena es que quién más me ha adorado siempre no está participando de este sueño. Sé que me queréis allí, pero estoy viviendo. Estoy sintiendo. Todo es temporal, y os compensaré con todo el amor que os guardo cada día en cuanto aterrice. Este es el AÑO DE MI VIDA y el sentido que he encontrado aquí es el que durante dos años apenas atisbaba.

Os quiero.


Mamá y papá, millones de gracias elevados a su máxima potencia.

viernes, 2 de enero de 2015

Retratos argentinos: tercera parte: Luisa o el paraíso de las Yungas

Las Yungas es el nombre con el que se conoce a las selvas de altura. Partí rumbo a esos nuevos aires sin saber de su existencia pero cuando los descubrí entendí que aquel era mi lugar. Fueron dos días de árboles luchando por rozar las nubes, de ríos apostando a que te caerías en ellos y del silencio más atronador. Caminar era retar a tus rodillas a no romperse, a tus rozaduras a aguantar a la verita de las ampollas. Todo por llegar a una casita en medio de otro paraíso. Un paraíso de naranjas, ovejas, lianas y unos cuantos macutos. Era tan irreal que lo último en lo que pensabas era en volver.


Pero allí estábamos. Vacunando a todo un rebaño, desnudos en ríos andinos en pleno soleado invierno andino y haciendo que Pocahontas y Tarzán no fueran nadie. Recuerdo la noche. Recuerdo tirarme con un aislante y una buena compañía a ver estrellas del otro hemisferio con la banda sonora que tocaba aquella noche, sonata de monos, aves y lianas. Recuerdo que la tranquilidad era lo único que nos quedaba por hacer. Y la teníamos, teníamos toda la que ahora nos falta en este lado del continente. Recuerdo hablar sobre todo y sobre nada. Sobre futuros lejanos planes que ahora son el presente. Aquellas estrellas eran distintas, nos hacían distintos. 


Pero distinta era la dueña de aquel paraíso, Luisa. Luisa tiene una vida en una ciudad de algún lado de Argentina, con marido, hijos y nietos. Pero sigue cruzando esos ríos y adentrándose en las Yugas porque le gusta. Hablé con ella como pude e intenté aprender de ella. Pero no me dijo nada sorprendente. Excepto que no quería irse de allí. Que ella con su cocina de fuego destroza-ojos, sus ovejitas, gallinas, maíces y tortas era feliz. Y al principio dudé, al igual que sus hijos, que insisten en que sus más de 60 años pesaban para era solitaria vida. Luego la envidié. Envidié tener tiempo para sentarse a mirar árboles de helecho, para cocinar lo más sencillo del mundo y hacerlo delicioso. Envidié ser parte de los Andes. O de cualquier otro monte en cualquier otro lugar. Luisa tenía y tiene un terreno, un rebaño, unas gallinas y una casa de madera en pleno paraíso, primera línea de monos y felinos. Luisa tiene mi sueño, y pertenece a la clase más modesta de la sociedad argentina. Luisa pertenece a la clase privilegiada y que les jodan a los ricos occidentales.

Me volví con la sensación de que aquellos tres días se me habían ido, que aquella noche no volvería, pero con la certeza de querer llevar mi propia Yunga en mi corazón. Querer amar cada árbol milenario, cada hoja de tamaño insospechado, cada piedra de los angostos caminos que dejábamos atrás, cada segundo de aquella banda sonora, cada gota de agua pura y fría, siempre fría. Cada pedacito de tranquilidad respetuosa con la Madre Tierra. 
Me volví entendiendo que somos la naturaleza, no la civilización.



Gracias dueño de aquel aislante, gracias por esas estrellas.



martes, 30 de diciembre de 2014

La vida gastada


Marruecos posee el ritmo de los colores desgastados. Calles maltratadas por hombres cuyas mujeres son invisibles o simples sombras. Basura allá dónde no choca la majestuosidad de reyes escandalosos. Signos de una vida que late ajena a todo aquél occidental que pretende descifrarla.

Las mezquitas crean la banda sonora que quieras o no te atrapa estés donde estés. Letras árabes que vuelven a demostrarte que no eres parte de ellos. El francés es una simple herramienta de ayuda, pero no una vía a la comunicación. Contadas personas no miran con recelo, contadas personas te hablan de la vida marroquí.


Seguimos ritmos frenéticos en cada etapa, comprar billetes, dónde cenar, qué visitar. Los mapas requieren de la ingeniería más sofisticada para no perderse entre medinas nuevas, viejas, árabes. Negociar es imposible, ellos siempre ganan. Al lado de las ruinas más hermosas y cuidadas, muestras de un poder vetusto, encontramos a quienes en lugar de vender deberían estar recibiendo la educación más primaria. Contrastes tan dolorosos como la realidad de la que de pronto no-formamos parte.


Viajar por el imperio marroquí es tan agobiante como lento. Ciento cuarenta kilómetros en cuatro horas nos permiten ver gorros de todas las religiones, ilegalidades de todos los códigos y miradas de todas las profundidades. Ciento cuarenta kilómetros de desesperación, cansancio, reflexiones meditadas muy deprisa que se cocinaron a fuego muy lento en otro continente. Lo que imaginamos y lo que descubrimos, lo que sentimos, no se parecía a lo que llevábamos en los macutos.

Las laberínticas y maltechadas medinas encierran las mil y una maravillas que poco a poco nos transforman. Calles estrechas, oscuras, fuentes a la puerta de cada medina, mosaicos llenando de colores las esquinas y gente, gente y más gente. Gente con ritmo y sin prisa. Los paisajes nunca se pintaron deprisa. Aunque con prisa nos moja una y otra tormenta tropical. Una irónica rutina de lluvias torrenciales y soles espléndidos que nos ha guiado en un viaje marcado por el respeto y el desconocimiento.

Cuando el Atlántico africano nos despide, acostado a la vera de un cementerio que mira a la Meca repleto de antepasados, descubrimos que sí existen mujeres en este país. Que se enamoran y demuestran su amor en la arenas de un Rabat dónde, si sobrevivir es complicado, escapar de un pañuelo sobre sus cabezas es impensable incluso en la playa, incluso en las fotos.


Un último atardecer extenúa nuestras fuerzas. Marruecos no tiene prisa, su aeropuerto tampoco. Volvemos a España con un ligero retraso y seis controles policiales. Dos horas más de recuerdos árabes que le robamos a este recién pretendido moderno continente. Pero se trata de una modernidad que odia a su pasado y su lucha por la hegemonía marroquí produce los contrastes más insólitos y desoladores que podamos sospechar.

martes, 25 de noviembre de 2014

Retratos argentinos: segunda parte: Hermanos

Los distintos colores completamente bizarros de aquél valle fascinaban. Conformaban un lugar en el que se fundían la paz y el sosiego. Miraras hacía dónde miraras todo parecía una foto. Casi irreal. La felicidad la constituían la soledad, las estrellas, un arroyo de aguas gélidas y el silencio. Resultaba sencillo pensar que allí podía generarse cualquier magia.

Y en medio de todo aquello una casa. Casa de adobe y paja, un fuego por cocina y una sala por comedor, salón y habitación. Y dos hermanos de 80 años. Dos hermanos con una curva en la espalda que les inclinaba directamente bajo el sol. La curva del trabajo en el campo, de la vida gastada. Dos hombres que reflejaban la fuerza y la majestuosidad de aquél lugar y la sencillez y simpleza de la vida sin aditivos, sin caprichos.

Costaba creer que dos personas de aquella edad subieran y bajaran los Andes con la soltura de los cóndores. Algunos luchábamos por no caernos del tejado mientras lo reparáramos. Ellos caminaban entre el techo y el cielo sin mirar, dando instrucciones sobre cómo poner el adobe, la paja, el agua. Coqueaban, trabajaban y vivían sin que ninguna de las tres cosas fuera más importante que la siguiente.

Día sin tregua, de trabajo duro, como sus pieles. Pieles curtidas por el sol, el frío, por la Madre Tierra. Pero días de serenidad. Amor, respeto y veneración. Amor por una vida sencilla, respeto a la tierra que les alimenta y veneración a las costumbres que les rigen.

Me resultaba imposible entenderles. Aquellas bolas de coca en la boca día y noche hacían ininteligible cualquier orden. Sus bocas negras de coquear reflejaban un largo recorrido por las tradiciones argentinas. Pero aún así les entendí. Entendí que yo podría vivir así. Que quería vivir así. Entendí que me estaban dando una poderosa lección. Lecciones lejos de rascacielos, de educaciones institucionalizadas. Lejos de coches, con mis pies por motor y mi realización por bandera.  Me costó mucho recorrer aquellos caminos. Pero el Valle del Hornocal me ofreció un momento que jamás olvidaré en el que creí morir de amor. De amor por la vida.


Aquellos hermanos eran vida. Eran sacrificio por y para sí mismos. Aquellos hermanos me transportaban más cerca que nunca de mi casa. De mi propio abuelo. No había día que no pensara en él. Y de pronto admiré lo que nunca había visto. Vi disfrutar un mate, sentir el frío, luchar el fuego, experimentar la cocina humilde. Conocí y viví todo lo que mi abuelo me había contado con detalle durante 22 años.


Entendí que pertenecemos a la tierra y ser parte de ella  mi modo de comprender la vida. 


lunes, 17 de noviembre de 2014

Retratos argentinos. Parte primera: Regina

Regina tenía en sus ojos furia dominada, o lo que es lo mismo sumisión. Sumisión a una madre que le negó estudios, a un marido impuesto, a unos hijos que la vida le hizo creer que debía tener, a una religión que justificaba que le eligieran el marido, la vida, las costumbres, la educación y el modo de ser.

Nació en Valle Kronaqui, Alto Andino, Argentina. Mujer de familia evangélica que quería estudiar. Pero con 16 años fue llevada a una reunión religiosa interpueblos y la casaron con un desconocido que a día de hoy se ha acostado con ella y con alguna más. En Valle Kronaqui es difícil saber si los hijos son de un padre u otro. Se trata de uno de tantos y habituales matrimonios forzados dónde las costumbres no aprueban el divorcio (eso sólo es para quienes se van a la ciudad). Familias con roles claros: el hombre el trabajo, la mujer la casa. La mujer los animales. La mujer el huerto. La mujer los hijos. La mujer para el marido. Porque lo suyo no es un trabajo.

Pese a ello Regina es de las pocas mujeres de Valle Kronaqui que tienen un “trabajo” aparte de ser ama de casa, de animales, de huerto, de hijos. Regina regenta la pensión dónde nos enseña a hacer tamales. Siempre que haya plata de por medio. La plata es la única preocupación de Regina. La plata para sus hijos y su nietecito. Para que puedan estudiar allá y rentar un piso en la ciudad. Pero eso sigue siendo mucha plata para el mundo rural.

Por suerte ella no debe angustiarse ante la posibilidad de ser retada por su marido. Nos cuesta entender que retar es habitual en el Valle, retar engloba lo que los occidentales llamamos chillar, insultar, pegar, golpear, herir, o en definitiva: violencia de género. Retar en el mundo rural argentino es algo silencioso, pero rutinario.

Regina quería ir a la ciudad, estudiar, elegir de quién enamorarse. Regina quería voz. Regina quería y quería y soñaba y quería. Pero no. Pero los derechos de las mujeres no se estilan en el medio rural. Se ruboriza ante la palabra preservativo, divorcio, aborto o derechos de las mujeres. Se ruborizaba sólo con contarnos su vida, le parecía algo de lo que avergonzarse, pero mucho más vergonzoso era soñar con algo distinto por ser mujer. Las mujeres no deben soñar.

Regina intentaba estar furiosa, pero la edad, los animales, el huerto, la posada, los hijos, el nieto y el marido someten la furia y la convierten en devoción y piedad. Hoy Regina confía en ese Dios que le impuso su vida, cree que debe hacer lo mejor por la familia. Y paga puntualmente su diezmo a su Iglesia, que por supuesto también limpian gratuitamente las mujeres.

Que las vidas lindas son para otras. Regina no ha tenido una vida linda y nos costó horas que lo dijera. Pero lo dijo, y nos rogó que la tuviéramos. Regina es una heroína desconocida más de este viaje. La mujer más bella que he conocido. Su furia es un motor inspirador.

Regina nos demostró que ya teníamos una vida linda y que no debíamos dejarla pasar. Lo que nunca supo fue que nos envenenó con esa furia que ni siquiera sabe que tiene y nos infundió la necesidad de querer defender una vida linda para todas las mujeres.